...

Información para decidir con libertad

Apoya el periodismo independiente

El algoritmo nos ha robado el silencio

¿Cuántas veces a la semana revisamos el celular? En realidad, la pregunta está mal planteada: deberíamos medirlo en horas por día y especificar qué actividad se revisa en el aparato. Es innegable que estos dispositivos nos hacen la vida más fácil, paradójicamente a la vez que nos ayudan a conectar con el exterior, se ha generado una importante desconexión con nuestro círculo más íntimo y cercano. Hoy parece una locura intentar trabajar o convivir sin estos aparatos y sus apps. Pero hay una trampa en esa comodidad. El reverso de la moneda es una enajenación que está fracturando lo más valioso que tenemos: la tranquilidad y el bienestar de la familia.

Hace unas semanas se dio a conocer que un jurado en Los Ángeles, California, le dio la razón a una persona que demandó a las multinacionales Meta y YouTube, por el daño que ocasionó el uso excesivo de dichas plataformas alentado por el algoritmo. El argumento fue contundente: la tecnología y los algoritmos que alimentan sus recomendaciones están diseñados para generar una adicción que termina por afectar de manera importante la salud mental. Más allá de los 3 millones de dólares de indemnización que se adjudicaron al demandante, lo que este caso deja al descubierto es la necesidad de regular de manera adecuada el proceder de estas compañías para encontrar un equilibrio que permita un uso adecuado de estas aplicaciones, pero que no se aliente la enajenación. Por otro lado, las personas debemos ser conscientes de un uso responsable sobre todo de las personas más vulnerables, la niñez.

Todos hemos caído alguna vez en el "scroll infinito", navegando sin rumbo ni sentido, perdiendo minutos que se convierten en horas. Ese tiempo no regresa; es calidad de vida que se esfuma de manera inconsciente y que nos ha empujado a una crisis de aislamiento, incluso estando acompañados. Pero si en un adulto que tiene capacidad de discernir y de poder filtrar de alguna manera la información resulta perjudicial, para los menores es especialmente perjudicial sobre todo en edades tempranas, pues nuestros niños no cuentan con las herramientas suficientes para tener una verdadera contención de cara al tema. Resulta revelador —y casi cínico— que los mismos dueños y directivos de estas empresas prohíban o limiten severamente el uso de estas herramientas a sus propios hijos. Si ellos, que conocen las entrañas del monstruo, protegen a los suyos, ¿por qué nosotros no?

La modernidad tiene un costo y sería ingenuo pensar que podemos vivir al margen de ella. Sin embargo, la responsabilidad final empieza en nosotros y termina en un Estado que debe vigilar con lupa cómo estas empresas manejan nuestra privacidad y nuestra mente. El reto es aprender a ser productivos y libres sin quedar hipnotizados por la pantalla. Al final, si permitimos que un código de programación decida qué miramos y cuánto tiempo nos quedamos ahí, estamos entregando nuestra voluntad. No dejemos que la tecnología, creada para servirnos, termine por devorar nuestra humanidad. La verdadera desconexión no es apagar el teléfono, sino recuperar la capacidad de mirar a los ojos a quienes tenemos enfrente antes de que el algoritmo nos convenza de que no vale la pena.

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp