Nos mienten porque pueden hacerlo, sin consecuencias, con total impunidad. Cuando la presidenta afirma, enfática, que jamás le mentirá al pueblo, está mintiendo. Le miente de muchas maneras. Manipula las cifras (de los desaparecidos, de los homicidios) para ocultar el baño de sangre cotidiano. Oculta desastres (como la contaminación de Dos Bocas, como el derrame en Veracruz, como el desabasto de medicinas) para disimular la corrupción.
Sheinbaum miente con alegría porque así se lo enseñó su mentor, su tutor, su padrino tabasqueño. Si mientes no pasa nada. Si repites la mentira diez veces será verdad. A López Obrador le contabilizaron más de cien mil mentiras en sus mañaneras. Al final del primer periodo de Trump llenaron en The New York Times varias planas detallando miles de sus mentiras. Vivimos, dicen, en la posverdad.
Lo cierto es que desde los griegos la mentira política es una realidad, como lo expuso Sócrates. Jonathan Swift, en la Inglaterra del siglo XVIII, escribió una extraordinaria sátira sobre “El arte de la mentira política”. Aunque lo niegue (de eso se trata) López Obrador abrevó de Joseph Goebbels y le copió su maquinaria para difundir mentiras utilizando todos los recursos del Estado.
En la vida diaria mentir tiene consecuencias: se pierde la confianza, se devalúa la palabra. El mentiroso es como un niño incapaz de responsabilizarse de sus errores. En política, en nuestra vida política actual, mentir es un hábito cotidiano. Las verdades gruesas (el exceso de muertes por la pandemia, el periodo de mayor violencia de nuestra historia) se esconden bajo la alfombra. Otro recurso manido para escabullir la realidad es adjudicarle a otros los errores propios, como el típico “fue Calderón”.
Las caricaturas de la presidenta como Pinocho son populares. Pero ya se gastaron. Son un lugar común. Una caricatura debe sorprender para dar risa y crear conciencia de un problema. Pero a nadie sorprende ya la imagen de Sheinbaum con una nariz extendida. Es lo normal. A López Obrador le contabilizaron las mentiras (la agencia Spin), a Sheinbaum no, ¿qué caso tiene hacer ese esfuerzo? Lo va a seguir haciendo. No puede reconocer el estancamiento económico. Ni el brote de sarampión por haber suprimido las campañas de vacunación. Los vínculos de los morenistas con el narco. La corrupción en el círculo familiar del expresidente. Las concesiones que ha tenido que hacer a Trump.
Los humanos no pueden soportar mucha realidad, escribió T.S. Eliot. Los mexicanos no podemos soportar demasiada realidad. Por eso nos mienten. Para esconder algo que no debemos saber. Y, en general, los mexicanos soportamos que nos mientan. Tienen ahora voceros que tratan de convencernos de las mentiras del gobierno, como Viri Ríos, Vanessa Romero, Carlos Pérez Ricard. El PRI durante décadas nos acostumbró a leer entre líneas, a buscar la verdad oculta. La presidenta puede decir que las carreteras son seguras, pero nadie se atreve a salir de noche. Que el AIFA funciona al 100 por ciento de su capacidad, aunque sus pasillos estén vacíos. Que no se investiga a Adán Augusto López porque no hay denuncias, cuando María Elena Pérez Jaén ha presentado más de treinta denuncias ante la FGR. Las mentiras de la presidenta funcionan porque no hay voces de autoridad que la desmientan. No hay mecanismos de rendición de cuentas porque Morena se encargó de eliminarlos. No hay líderes de oposición que le planten cara. Otra cosa sería si la televisora dominante exhibiera sus mentiras, pero no pueden hacerlo porque dañarían sus negocios al amparo del poder.
Así seguiremos. Desde la máxima tribuna nos seguirán mintiendo. La palabra presidencial seguirá devaluándose. Hasta llegar al punto descrito por Orwell en 1984, donde cada palabra significaba lo contrario. Lo bueno significa malo, la paz significa guerra, comer frijoles equivale a comer carne, el fracking que era malo ahora es bueno, los desaparecidos que sus madres buscan con desesperación por todo el país son simplemente personas que no quieren regresar a su casa.
Quizá la mentira habitual sea el mayor daño causado a nuestra vida pública. Las palabras dejaron de importar. Las declaraciones falsas quedan impunes, como los crímenes diarios que desangran a nuestro país.
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