El Fondo Monetario Internacional advierte que la guerra en Irán tendrá un impacto global desigual que golpeará con mayor fuerza a los países más pobres
El Fondo Monetario Internacional advierte que la guerra en Irán tendrá un impacto global desigual que golpeará con mayor fuerza a los países más pobres

La guerra en Irán, que ya suma varias semanas de escalada, ha comenzado a traducirse en un reordenamiento económico global cuyos efectos —advierte el Fondo Monetario Internacional— serán profundos, persistentes y, sobre todo, desiguales.
De acuerdo con los análisis recientes del organismo, la combinación de disrupciones energéticas, alzas en materias primas y tensiones en cadenas de suministro está configurando un escenario de mayor inflación y menor crecimiento a escala mundial. “Todos los caminos conducen a precios más altos y a un crecimiento más lento”, sintetizan los economistas del FMI.
El principal efecto inmediato se observa en el encarecimiento de la energía. Para las economías que dependen de la importación de petróleo y gas —especialmente en África, Asia del Sur, América Latina y partes de Medio Oriente— el aumento de precios funciona como un golpe directo a los ingresos nacionales.
El FMI describe este fenómeno como “un impuesto grande y repentino sobre los ingresos”, una presión que erosiona el poder adquisitivo, incrementa los déficits fiscales y limita la capacidad de respuesta de los gobiernos.
Incluso con financiamiento disponible, varios países enfrentan dificultades para acceder físicamente a insumos clave debido a las interrupciones logísticas, particularmente en el estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más importantes del mundo.
La zona más cercana al conflicto enfrenta un deterioro inmediato. Proyecciones de organismos internacionales estiman que hasta cuatro millones de personas podrían caer en la pobreza en el mundo árabe, mientras que la producción regional podría reducirse en más de 100 mil millones de dólares.
Además, los daños a infraestructura energética e industrial podrían generar efectos de largo plazo, afectando la recuperación económica incluso después del conflicto.
En Europa, el impacto se canaliza principalmente a través de la energía. El alza de precios ha impulsado la inflación en la eurozona, alcanzando niveles no vistos en un año.
La presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, ha advertido que, de persistir esta tendencia, podrían incrementarse las tasas de interés, lo que encarecería el crédito y desaceleraría aún más la economía.
En Estados Unidos, el conflicto ya se refleja en el bolsillo de los consumidores. El precio de la gasolina ha superado los 4 dólares por galón, con un aumento cercano al 35% en pocas semanas.
Este encarecimiento afecta de manera desproporcionada a los hogares de ingresos bajos y medios, profundizando las desigualdades y haciendo a la economía más dependiente del consumo de los sectores de mayores ingresos.
Estas regiones concentran algunos de los países más expuestos al shock. La combinación de alta dependencia energética, bajo margen fiscal y menor acceso a financiamiento internacional configura un escenario crítico.
El FMI advierte que estas economías, que apenas comenzaban a recuperarse de crisis previas, enfrentan ahora un nuevo ciclo de inestabilidad que podría revertir avances en desarrollo y reducción de pobreza.
Más allá de la energía, la guerra está afectando otros mercados estratégicos. Cerca de un tercio del fertilizante mundial transita por el estrecho de Ormuz, lo que anticipa una posible caída en la producción agrícola y, en consecuencia, un alza en los precios de los alimentos.
Asimismo, la escasez de insumos industriales como helio, azufre y nafta amenaza con ralentizar la producción manufacturera global, amplificando el impacto económico.
En medio de la crisis, algunos actores se benefician. Países exportadores de petróleo, como Irán y Rusia, han visto incrementados sus ingresos por el alza de precios, lo que incluso podría fortalecer su capacidad financiera en el contexto del conflicto.
Sin embargo, el balance global es negativo. Como subraya el FMI, el shock no solo es profundo, sino estructural: los países con menos recursos, menor capacidad de respuesta y mayor dependencia externa serán los más afectados.
La duración del conflicto y el alcance de los daños a la infraestructura energética siguen siendo variables críticas. Mientras tanto, gobiernos y empresas comienzan a adoptar medidas de contingencia, desde políticas de ahorro energético hasta ajustes en patrones de consumo.
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