Dentro del sinfín de matices singulares de México, destaca uno pocas veces recordado: su característica de ser una nación transnacional. Gran parte de nuestros connacionales no reside dentro de nuestras fronteras, y aun así, siguen siendo profundamente mexicanos.
De acuerdo con los datos más recientes, alrededor de 12 millones de migrantes nacidos en México residen en el exterior. 98 por ciento de ellos en Estados Unidos. Pero no son solo ellos. Con sus hijos, nietos y bisnietos suman cerca de 40 millones de personas.
Por vía de las remesas, esa población aporta aproximadamente 4% del PIB de México y representa la principal fuente de ingresos externos del país.
No es una diáspora: es una nación paralela. Ante esta realidad, acercarlos a la vida política es un imperativo democrático y estratégico.
Primero, porque el derecho a la ciudadanía no se cancela por la distancia geográfica. Integrarlos a la discusión política no sería hacerles un favor ni representaría solo un gesto simbólico: sería reconocer lo que ya son y enriquecer la pluralidad de nuestra democracia en el proceso.
También sería un acierto estratégico. Aumentar los lazos con una población políticamente activa y vinculada culturalmente con su país de origen es una herramienta de política exterior sin precio. Los mexicoamericanos, muchos de ellos ciudadanos estadounidenses, son votantes, contribuyentes, profesionistas, empresarios y líderes comunitarios en la economía más poderosa del mundo.
Potenciar los espacios de interlocución con ellos es abrir canales diplomáticos informales que ningún tratado puede reemplazar. Significaría, además, fortalecer los vínculos económicos bilaterales, incrementando la inversión, la transferencia de conocimiento, el turismo y el emprendimiento transfronterizo.
Y, sobre todo, significa promover los intereses nacionales de México dentro de Estados Unidos de una manera que ninguna embajada o consulado pueden hacer. Sin embargo, por décadas han estado borrados del discurso político, y brindarles atención no figura dentro de las prioridades del Estado mexicano. La narrativa dominante los redujo a estereotipos y se propagó la idea del trabajador indocumentado que se fue y ya no pertenece, que fue absorbido por el sueño americano y olvidó sus raíces. Los medios han construido a nuestros migrantes como personajes marginales de una historia que transcurre sin ellos.
Si bien poco a poco se les ha tratado de incorporar, dotándolos de derechos y mayores espacios, ha habido una evidente falta de visión y consistencia.
Quienes viven del otro lado representan al país. Son parte indisociable de la identidad mexicana, y negarlos es mutilar a la nación en más de un sentido. No podemos darnos el lujo de ignorarlos, y menos aún cuando el país vecino los amenaza, los deporta y los deshumaniza.
Propongo profundizar y diversificar esos puentes. La única forma digna de hacerlo es reconociendo lo que siempre debió ser obvio: un país se extiende hasta donde están sus ciudadanos.
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