En las últimas semanas he sostenido que, en lugar de esperar a que nuestros gobiernos logren resolver las problemáticas públicas —lo cual, a la luz de la evidencia, raya en lo delirante—, necesitamos tomar la iniciativa y comenzar, desde el frente ciudadano, a incidir en su solución.
Para ello, debemos partir de una idea fundamental: no todas las problemáticas son iguales. Cada una se compone de problemas diversos y cada uno de esos problemas tiene causas y responsables distintos.
He argumentado que, si queremos incrementar nuestra probabilidad de éxito en la atención de algún problema público —y con ello contribuir a la contención o eventual solución de una problemática—, debemos elegir problemas en cuya composición tengan un peso preponderante los comportamientos de los miembros de la comunidad.
Con ese objetivo, la semana pasada te compartí una propuesta que consiste en observar los problemas que conforman una problemática, identificar sus causas y agruparlas en cuatro categorías: comportamientos individuales, acciones grupales, fallas institucionales y factores estructurales.
El resultado de este ejercicio es una primera aproximación a la proporción en que cada tipo de causa está presente en un problema y, después, en una problemática.
Dicho sencillamente: al final tendríamos un pastel dividido en cuatro, en el cual, a mayor tamaño de las rebanadas que corresponden a comportamientos individuales y grupales, mayor será la probabilidad de una solución colaborativa desde la ciudadanía.
Pero podemos darle otro giro a la tuerca.
Podemos hacer un ejercicio adicional que nos permita discernir con mayor precisión no solo quién provoca un problema, sino también quiénes, en qué medida y cómo podrían contribuir a su solución.
Este ejercicio consiste en aplicar a cada problema un test de cuatro preguntas:
- ¿Quién lo provoca?
- ¿Cómo?
- ¿Quién(es) puede(n) contribuir a resolverlo?
- ¿Cómo?
Hagámoslo con dos problemas asociados a la problemática del agua.
Problema A: consumo excesivo en zonas residenciales.
¿Quién lo provoca? Ciudadanos con acceso al servicio que consumen volúmenes injustificadamente altos.
¿Cómo? Desperdiciando agua, ignorando fugas pequeñas en el hogar y manteniendo hábitos dispendiosos.
¿Quién(es) puede(n) contribuir a resolverlo? Esos mismos ciudadanos y el Poder Legislativo.
¿Cómo? Los primeros, modificando hábitos y reparando su infraestructura doméstica; el segundo, ajustando las tarifas para desincentivar el exceso.
Problema B: fugas en la red primaria de distribución.
¿Quién lo provoca? El organismo operador del agua.
¿Cómo? Omitiendo el mantenimiento y la sustitución de tuberías que ya cumplieron su vida útil.
¿Quién(es) puede(n) contribuir a resolverlo? El propio organismo operador.
¿Cómo? Sustituyendo tramos obsoletos de tuberías con recursos provenientes del incremento en las tarifas.
Observa cómo, tras aplicar este ejercicio a cada problema, obtenemos información clave: no solo quién provoca cada uno y mediante qué acciones u omisiones, sino quién puede incidir de manera decisiva en su solución y cuál sería su aporte específico.
La próxima semana veremos cómo ordenar esta información y presentaremos una propuesta para convertirla en acción colaborativa orientada a resolver problemas públicos concretos.
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