La autoridad de un líder no nace del cargo que ocupa, sino de la forma en que comunica. Ahí se construye —o se pierde— el respaldo social.
Lo hemos visto: hay líderes que hacen de la comunicación su principal fuente de poder y otros que, aun en el mismo cargo, no logran consolidarla.
No basta con escuchar propuestas: necesitamos percibir un perfil. Y ese perfil se construye a partir de la confianza. Pero la confianza no se decreta, se construye. Y cuando se pierde, es muy difícil de recuperar. Se sostiene en la congruencia entre lo que se dice, lo que se hace y lo que se muestra. Cuando estas tres dimensiones no coinciden, no hay discurso que sostenga la narrativa.
Hay un elemento clave que suele subestimarse: la puesta en escena. El lugar donde ocurre el mensaje no es fondo, es mensaje. La escenografía puede dar credibilidad o quitársela.
Los espacios públicos —los que son de todos— han ido perdiendo su carácter institucional para convertirse en extensiones del poder.
Palacio Nacional dejó de ser solo sede del Estado para convertirse en residencia. El Salón de la Tesorería pasó de ser espacio histórico a foro de televisión para el show de “La mañanera”. El Zócalo se administra simbólicamente: la bandera aparece o desaparece según convenga. Y eso importa. Porque cuando el poder decide cómo, cuándo y para quién se usan los espacios públicos, el mensaje cambia. Ya no hay institucionalidad: hay apropiación. El espacio deja de representar a la nación y empieza a representar a quien lo controla.
Hay algo aún más profundo en juego: el respeto por lo que es de todos. Los espacios públicos no son del poder. Son su responsabilidad. Hace algunos años vimos una escena celebrada como sencillez: el presidente AMLO reparando una ventana en Palacio Nacional. El mensaje parecía claro: sencillez, austeridad. Pero el lenguaje no verbal cuenta otra historia.
Para alcanzar la ventana, se sube a una silla que es patrimonio de la nación. Una pieza histórica que no le pertenece a quien gobierna, sino al país. Y ahí está el problema. Cuando el poder usa lo que es de todos como si fuera propio —aunque parezca menor— el mensaje cambia. Ya no es sencillez: es apropiación. Porque el respeto no está en el discurso. Está en el cuidado. Y cuando ni siquiera los símbolos materiales se tratan como bienes comunes, lo que se erosiona no es una silla, es el respeto a los mexicanos. Y a veces, el mensaje ni siquiera necesita palabras. Basta una imagen.
Recientemente circuló una escena: una mujer recostada en una ventana de Palacio Nacional, asoleándose las piernas como si fuera su casa. No hay explicación. Pero hay significado. Ese espacio no es privado. Y, sin embargo, la escena transmite familiaridad mal entendida, pérdida de límites, apropiación silenciosa. El poder convertido en cotidianidad doméstica. Como si lo que es de todos pudiera vivirse sin distancia, sin protocolo, sin conciencia. No son hechos aislados. Es un patrón. Una silla patrimonial usada como herramienta. Un recinto histórico habitado como casa. Una plaza pública administrada por conveniencia. Y ahora, un derrame de petróleo que se minimiza, aunque afecte lo que es de todos. Distintos momentos. El mismo fondo. Cuando el poder deja de respetar lo que no le pertenece, deja de representar a todos, y empieza, silenciosamente, a apropiarse de ellos. El problema no es solo lo que hacen, es lo que revelan. Porque el poder no se mide en lo que dice… se delata en cómo trata aquello que es de todos.
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