Desde restricciones como la educación, la vestimenta o la autonomía, hasta la violencia provocada por guerras, millones de mujeres viven en condiciones de desigualdad
Desde restricciones como la educación, la vestimenta o la autonomía, hasta la violencia provocada por guerras, millones de mujeres viven en condiciones de desigualdad

Para muchas mujeres en Medio Oriente, la lucha por la libertad no es una consigna, sino una realidad cotidiana. En países como Afganistán e Irán han vivido durante décadas bajo restricciones que vulneran sus derechos humanos, limitan su libertad, su autonomía y su participación plena en la sociedad, una realidad que se vuelve aún más dura en contextos de guerra y crisis política.
En la vida cotidiana, estas limitaciones se traducen en normas que regulan desde su vestimenta hasta su acceso a la educación, el trabajo y la movilidad.
Tras casi cinco años del regreso de los talibanes a Afganistán, uno de los países más difíciles para ser mujer, las autoridades han aplicado estrictamente las normas del hiyab, incluso exigiendo que lleven chador, una prenda que cubre todo el cuerpo.
En algunas regiones suelen ser más restrictivos, por ejemplo en Herat, en el oeste del país, las mujeres tienen prohibido acceder a espacios públicos si no visten conforme a las normas. Para acudir a los hospitales, obligan a las pacientes, cuidadoras y personal médico a usar burka, de acuerdo con Médicos Sin Fronteras (MSF).
En este contexto, las mujeres también necesitan de un tutor masculino –padre, esposo, hermano, hijo, etc.– para realizar labores que en la mayoría de los países son consideradas como "actividades básicas".
Además de impedirles el movimiento, los talibanes han prohibido que las mujeres accedan a la educación secundaria y superior, como resultado, más del 78% de las afganas no asisten a la escuela, ni consiguen un empleo o capacitación, reporta la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

La situación se agrava aún más al considerar el conjunto de restricciones que enfrentan; es decir, si a las mujeres no se les permite acceder a la educación superior, tampoco pueden formarse como médicas, y si, al mismo tiempo, se les prohíbe recibir atención de hombres –como ocurre en algunas regiones–, sus posibilidades de acceder a los servicios de salud adecuados se reducen drásticamente, comprometiendo incluso derecho a una vida sana.
Para el presente año, la ONU prevé que la mortalidad materna en Afganistán aumentará en un 50%.
"Los resultados son devastadores. Las mujeres viven vidas más cortas y menos saludables", afirmó la agencia.
Las restricciones han llegado a tal extremo que además han prohibido el sonido de la voz femenina en los espacios públicos del país, lo que incluye actividades como cantar, recitar o hablar frente a un micrófono.
El Día Internacional de la Mujer ha sido durante décadas una jornada de resistencia contra la opresión que enfrentan las iraníes en ámbitos como el matrimonio, el divorcio, la herencia, la vestimenta y su estilo de vida.
El 8 de marzo de 1979, semanas después de la Revolución iraní, decenas de mujeres salieron a las calles de Teherán para protestar contra el decreto del entonces líder supremo, el ayatolá Jomeini, quien ordenaba el uso obligatorio del velo.
Su resistencia, al igual que ocurre en la actualidad, se encontró con la violencia estatal; cada intento de marcha por el 8M suele terminar con vigilancia policial, arrestos o disolución de la protesta. Incluso, activistas han sido detenidas por organizar reuniones o eventos relacionados con el día.
En cambio, tras la instauración de la República Islámica, el gobierno reemplazó el 8 de marzo por una conmemoración basada en la tradición religiosa: el nacimiento de Fátima, hija del profeta Mahoma, que se celebra como el Día de la Madre y de la Mujer.
La represión que año con año viven las iraníes las ha obligado a usar las redes sociales para mostrar su solidaridad con las mujeres de todo el mundo.
A diferencia con Afganistán, las mujeres sí tienen permitido ir a la escuela y a la universidad; no obstante, la igualdad en el acceso educativo no se ha traducido en igualdad de acceso al empleo.
El Banco Mundial (2024) destaca la baja participación femenina en la fuerza laboral iraní, es decir, las mujeres representan el 60% de los graduados universitarios en el país, pero solo el 14% está en la fuerza laboral.
Asimismo, las mujeres están sujetas a un sistema de tutela masculina que restringe sus derechos a lo largo de su vida. Antes del matrimonio, permanecen bajo la autoridad legal de su padre u otro familiar masculino, incluso después de cumplir los 18 años. Tras el matrimonio, el marido asume gran parte de este control legal, explica la organización Iran Human Rights.
Por otra parte, la legislación de Irán permite el matrimonio de niñas a partir de los 13 años, e incluso a edades menores, con la autorización de un juez y de un tutor masculino.
Datos del Centro de Estadística de Irán señalan que entre el invierno de 2021 y 2022 se registraron al menos 27 mil 448 matrimonios de niñas menores de 15 años, además de mil 85 partos en ese mismo rango de edad.

Mientras las bombas y las balas acaparan la atención internacional, para millones de mujeres, el trauma de la guerra, la represión y el desplazamiento genera un impacto devastador en su salud mental.
El año pasado, más de 600 millones de mujeres y niñas vivían en zonas afectadas por conflictos armados, lo que representaba un aumento del 50% desde 2017, de acuerdo con ONU Mujeres.
Cuando los hombres mueren en los combates, familias enteras pierden su base económica. En ese sentido, las mujeres en Irán, Israel, Gaza y Líbano se convierten en el sostén de sus hogares ante el colapso de los sistemas.
El desempleo femenino empeora aún más la situación, muchas mujeres que viven con pocas opciones deciden vender sus posesiones, sacan a sus hijos de la escuela o dependen de ayuda, que en la mayoría de las ocasiones es insuficiente.
Este panorama ha obligado a activistas a crear redes "clandestinas" para compartir alimentos y asegurar refugios.
En Gaza, los bombardeos, el desplazamiento y la constante amenaza de violencia de mujeres y niñas han elevado a niveles extremos el miedo y el trauma.
De acuerdo con ONU Mujeres, el 75 % de las gazatíes sufre depresión frecuente, el 62 % no puede dormir y el 65 % sufre pesadillas y ansiedad. Sin embargo, el acceso limitado a la atención médica obliga a la mayoría de ellas a afrontar la situación sola.
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