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Irán sin Jamenei se enfrenta a la continuidad del régimen y la tentación del colapso, anticipan expertos

El desenlace dependerá de la cohesión de Guardia Nacional Revolucionaria, el nuevo liderazgo y la evolución del conflicto con Estados Unidos e Israel.

La muerte del ayatolá Alí Jamenei —segunda transición en la cúspide del poder desde la Revolución Islámica de 1979— abre una fase de incertidumbre que difícilmente puede interpretarse como el preludio automático de un cambio de régimen. El entusiasmo visible en sectores de la diáspora iraní y en redes sociales contrasta con la lectura dominante entre analistas que apuntan a que la estructura del poder en Teherán es más resistente que la figura que la encarnó durante más de tres décadas.

El propio Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) fue tajante tras su fallecimiento, eliminar al líder supremo no equivale a desmontar el sistema. En palabras del think tank estadounidense, el verdadero núcleo del régimen es el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), una maquinaria político-militar con capacidad para preservar la continuidad aun en medio de una transición traumática.

Jamenei llegó al poder en 1989 en circunstancias excepcionales. Tras la muerte del ayatolá Ruhollah Jomeini, la Constitución fue modificada para rebajar los requisitos religiosos del cargo, lo que permitió su ascenso pese a no ser el clérigo más prominente. Con el tiempo, su oficina concentró control sobre las Fuerzas Armadas, el poder judicial, los medios estatales y las decisiones estratégicas clave, amparado en el artículo 110 constitucional.

Su doctrina de “economía de resistencia” buscó blindar al país frente a las sanciones occidentales, pero también profundizó el aislamiento económico. Bajo su mandato, Irán vivió episodios de fuerte contestación interna: las protestas de 2009 por presunto fraude electoral, el movimiento por los derechos de las mujeres en 2022 y, más recientemente, los disturbios nacionales de finales de 2025 impulsados por el deterioro económico.

Ese contexto es fundamental para entender por qué su muerte genera expectativas de cambio… y por qué muchos expertos creen que esas expectativas podrían frustrarse.

El analista Karim Sadjadpour, de la Carnegie Endowment, advierte que el momento es “históricamente significativo, pero profundamente incierto”. Su conclusión central es sobria al decir que “la sucesión no apunta a una liberalización política o económica inmediata”.

El CFR identifica tres trayectorias plausibles:

  1. Continuidad del régimen (“jameneísmo sin Jamenei”)
    El escenario más probable. Un nuevo líder mantendría la arquitectura del poder mientras aprende a gobernar en medio de tensiones internas y recursos limitados. Persistiría la incertidumbre económica.
  2. Toma de poder militar
    Un papel aún más dominante de la Guardia Revolucionaria podría priorizar estabilidad y control, pero sin resolver los desequilibrios estructurales: inflación persistente, moneda débil y distorsiones económicas profundas.
  3. Colapso del régimen
    El menos probable a corto plazo, aunque no imposible si convergen crisis de legitimidad, fracturas élite y presión social sostenida.

El propio Sadjadpour subraya que ninguno de estos escenarios prevé mejoras rápidas durante el primer año posterior a la transición.

Años antes, la especialista en Irán Suzanne Maloney, de Brookings, había delineado un marco que hoy vuelve a cobrar relevancia. Su análisis también contemplaba tres desenlaces estructurales tras la desaparición del líder supremo:

  • Reproducción del sistema con nuevo clérigo dominante, apoyado por las élites de seguridad.
  • Militarización creciente del poder, con la Guardia Revolucionaria como árbitro central.
  • Erosión gradual que desemboque en crisis sistémica, más por acumulación de presiones internas que por un evento puntual.

La coincidencia entre Maloney y el CFR es notable, ya que el factor decisivo no es la figura del líder, sino la cohesión del aparato de seguridad y la capacidad del Estado para contener el descontento social.

Economía al borde

Las advertencias económicas refuerzan el pesimismo. Marko Papic, del Grupo Clocktower, sostiene que la economía iraní podría convertirse en “un impasse” si el próximo líder no muestra mayor disposición a negociar con Washington. Keith Fitzgerald lo resume con una metáfora simple: quitar la bombilla rota no significa haber cambiado la bombilla.

Incluso un gobierno más duro enfrentaría el mismo dilema estructural que implica sanciones, aislamiento financiero y una economía con inflación crónica y moneda debilitada.

Uno de los mayores límites para un cambio abrupto es la debilidad de la alternativa política. La oposición en el exilio permanece profundamente fragmentada:

  • Por un lado los monárquicos cercanos a Reza Pahlavi
  • republicanos y secular-demócratas dispersos
  • grupos kurdos fronterizos
  • la Organización Popular Muyahidín de Irán (MEK)

Analistas de seguridad señalan que importar un liderazgo desde el exterior tiene baja credibilidad dentro del país, lo que reduce la probabilidad de una transición tipo “revolución de colores”.

El nuevo factor de riesgo

La ecuación sucesoria se volvió aún más volátil con la escalada militar iniciada este sábado 28 de febrero por el presidente estadounidense Donald Trump, en coordinación con Israel, según reportes de medios como The New York Times y CNBC. Los ataques —que provocaron explosiones, cancelaciones de vuelos y máxima alerta regional— introducen un elemento clásico de la política iraní que lleva a la cohesión interna frente a la amenaza externa.

Históricamente, la presión militar extranjera ha tendido a fortalecer a los sectores más duros dentro del sistema iraní. Si ese patrón se repite, la guerra podría reforzar a la Guardia Revolucionaria, debilitar a los pragmáticos, posponer la apertura política y, en consecuencia, legitimar un modelo de seguridad más rígido.

En otras palabras, el conflicto externo podría empujar a Irán hacia los escenarios de continuidad o militarización descritos por Sadjadpour y Maloney, y alejar la posibilidad de colapso.

Las imágenes de iraníes celebrando reflejan un deseo real de cambio. Sin embargo, la historia política de la República Islámica sugiere cautela.

La muerte de Jamenei abre una grieta en el sistema, pero no lo derrumba por sí misma. El desenlace dependerá de tres variables críticas que pasan por la cohesión de la élite de seguridad, la capacidad del nuevo liderazgo para manejar la crisis económica y la evolución del conflicto con Estados Unidos e Israel.

Por ahora, el escenario más probable no es una primavera iraní, sino una transición controlada bajo alta tensión. En Teherán, el poder rara vez cambia por vacío, cambia por equilibrio. Y ese equilibrio, al menos en el corto plazo, parece inclinarse más hacia la supervivencia del régimen que hacia su transformación.

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