Pie de página
I
Un país que no aspira a su gran Novela, que no quiere ser memoria ni rapsoda de épicas sordinas -piedras de soles y muertes sin fines cantados generación tras generación hasta el final del tiempos-, un país que del cine hace fotogramas y de la pintura sicoterapia, paleta de colores borbotea e inclemente, que de la arquitectura resistencia, rigor y delirio, un país que canta su himno nacional como corazonada del naufragio en portería propia y promete que último tequila será el primero tiene en José Alfredo Jiménez al espíritu de lugar, al forjador de la querencia, la denominación de origen de la herida y lo que ayuda a sanarla; al menos a sangrarla cuando sea preciso: cuando el estribo.
Nada es casual en la rareza mexicana, en la cual lo contradictorio es complementario y lo remoto aquí no más tras lomita. Parafraseando a Borges, ser mexicano no es un acto de fe: es una confesión de parte. Imposible hallar en el laberinto de la historia -de su historia- el origen de lo que desahogadamente se llama México. No es paradójico que sea más descansado y menos controvertible encontrar la partitura en el efecto del eco, la mexicanidad, tan genuina como el acto de fe, en donde la teología implica una traición conocida y repetida hasta los límites de la duda, esa certeza sin camino. Faltan penas, dolor y riendas para el olvido…
II
Todo se consuma en 47 años. Entre el 19 de enero de 1926 -Dolores, la ciudad en la que Miguel Hidalgo realiza ese ademán, esa arenga que llaman Grito de Independencia- y el 23 de noviembre de 1973, cuando la cirrosis -¿de qué otra manera?- termina con la lacónica y recia vida del cantautor, México es distinto; más cercano a lo insospechado, al capricho, porque lo extraño hubiera sido lo contrario, lo imposible: la certidumbre, la razón, la sanación de la terapia colectiva, nación, bien común o progreso, palabra que ya causaba cierta incomodidad en otro mexicano de pie de letra como Alfonso Reyes. José Alfredo es el relator más penetrante y más incisivo en la cultura mexicana en un siglo cargado de fuerzas en todas las artes. Desde la poética, hasta la plástica; desde la ruralidad hasta el urbanismo; desde la plegaria hasta el ruego; desde la orfandad hasta el jolgorio y desde la continua y persistente dialéctica entre la autoglorificación y el vapuleo personal sus canciones hicieron domicilio en la entretela mexicana porque aquí se cumple lo que alguna vez escribió Julio Torri: “los mexicanos no saben vivir, sólo saben morir”. Y mueren al dedillo: sin ironía, con abnegación, pero no sin tristeza: el alma es una paloma perdida sin rumbo y sin fe. Sobre todo, y constantemente: el corazón es una avería sin reparos y sin hojalatería que elimine sus raspaduras. José Alfredo es perenne justo porque la ameritada solicitud de piedad no alcanza para remediar sus males. Siempre existe el riesgo de que las venas jueguen y se rebelen contra uno mismo; como dagas metidas -y mentidas- en la superficie de la piel.
III
El Porfiriato y, sobre todo, la Revolución dieron impulso y vuelta de tuerca a la narrativa de la mexicanidad del siglo XX. Con su mariachi (el primero) y con sus agravios (la segunda) la avería de la entraña tuvo razones para convertir en cantina el salón de terapia de grupos. Laico, semindustrial y en proceso de una tropezada urbanización el país llevó al individuo al último rincón sentimental: la soledad. La arenga, con todas fuerzas, ya era un asunto personal, tan antiguo como nuevo, tan bíblico como seglar, tan liberal como monárquico: la palabra es la ley. Sin medias vueltas.
IV
El joven José Alfredo elige ser arquero de futbol en el Marte, luego en el Oviedo. Como Chillida, como Nabokov, como Karol Wojtyla descubre que el único oficinista de la cancha siempre mira destino de frente, rodar y rodar. Chillida observa el viento; Nabokov, el ardor,y Wojtyla, la consagración. José Alfredo, a ella. La que se fue.
V
En el siglo XX -tan amado por López Velarde- México es una vitalidad cultural sin semejanza. El modernismo, el muralismo y la potencia de sus puestas escénicas lo convierten en revista obligada para las grandes corrientes artísticas del mundo. La radio es proclama y alocución de la nueva arenga urbana. Los fieles del ateísmo son otros. Más legos, terrenales y profanos. El desamor, el desamparo y la desdicha son los males del nuevo encordado. Para que la cuña apriete -dice el dicho- ha de ser del mismo palo. Jorge Negrete, nacido en Guanajuato quince años antes que José Alfredo, graba varias canciones del portero de Dolores para la radio nacional, entre ellas la mejor versión de la historia de "El Jinete" y "Paloma querida". El fonógrafo divulga el tiempo amargo, sin fuerza en la mano izquierda: “A ti también te suelto, y te me vas ahorita”. Auténtico tiempo mexicano: diminutivo, sin amenazas.
El triángulo se cierra cuando Pedro Infante interpreta "Copa tras copa" en la cinta Ahí viene Martín Corona, de Miguel Zacarías, en 1952. Acompañado de Eulalio González Piporro, Pedro enamora a la bellísima Sara Montiel; la canción, entonces, confirma la ambivalencia de las letras de José Alfredo: la altanería, la bravura y el desafío convertidos en humillación, despecho y desolación. El alcohol no crea ni destruye, solamente transforma, según los anuncios del servicio meteorológico del sentimiento; los frentes fríos se desplazan siempre en baja presión. Fuego nublado.
VI
La radio, el cine y el nuevo papel citadino provocan que se propaguen aceleradamente las obras del jovencísimo cantautor, quien a los 26 años tiene a México en sus manos. Su discografía se convierte en una forma de tomografía del sistema nervioso central del canto popular. De pronto, no hay bar, cantina, fiesta de quince años, boda o reunión de copas en las que no se tararee uno de sus poemas, corridos o confesiones sentimentales, casi siempre interpretados como causas perdidas del duelo amoroso. José Alfredo es Freud, el doctor corazón y Ovidio en la misma sintonía. “Es tan difícil olvidar cuando hay un corazón de quiso tanto”, dice en una de sus canciones (a punto de llorar), con una serenidad que ni la Stoa hubiera podido resumir. Todo recurre a la nada.
VII
El mundo raro de José Alfredo se amplía sobre dos planos.
El lenguaje sin respeto al género, a lo correcto, a la inclusión. Después de todo, el amor y su contrario son pasiones que no atañen a las categorías de la ralea, la calaña y el linaje; de la casta, el estrato y el índice de desarrollo humano que se reporta al Censo Nacional. El ardor, la libido y la sensibilidad miran por encima del hombro cualquier perspectiva de estereotipos: el arrebato, en sus dos sentidos, eros y tanatos, deseo y necesidad, no tiene sexo ni prudencia. La llama doble mata; consume, por pecado o por omisión.
VIII
Y otro. José Alfredo cae al mundo cuando México ya es el mundo. Iberoamérica, el vecindario, se imanta en bolero ranchero del astro de Guanajuato. El lindo y querido no necesita de instructivos extras para exportar la alucinación: el gran continente comparte el significado del sinsabor y del tormento. La nueva bandera se sorbe con mezcal en medio.
Los Juegos Olímpicos y el Mundial del 70 expanden la ficción josealfredo al resto del planeta. La educación sentimental del ya maduro autor de "Tu recuerdo y yo" se suma al elenco de provisiones culturales con las que México refuerza sus relaciones diplomáticas durante la Guerra Fría. Europa del Este, el cercano y el lejano Oriente; Escandinavia, el Mediterráneo y África reciben las postales del compositor y sus públicos cantan, aún sin entender castellano, sus versos: “le diré que llegué de un mundo raro, que no sé del dolor, que no entiendo de amor y que nunca he llorado”.
